​«EN EL SALIENTE, SÉ QUE HAY ESPERANZA» CARTA DEL RECTOR DEL SANTUARIO DIOCESANO DEL SALIENTE PARA LA ROMERÍA 2025

Muy queridos peregrinos:

Hace cosa de pocas semanas, recibí una llamada sorprendente. Al otro lado de la línea telefónica, unaatribulada mujer me contaba la penosa situación de su hermana. Anciana no solo por su edad provecta, sino también por grandes sufrimientos que habían marcado su biografía. Enferma, tanto por el deterioro físico como por un cáncer galopante que se adueña de su organismo.Postrada, pues raramente lograban empujarla hasta un asiento o una silla de ruedas. Inapetente, pues su dolencia le había transformado el paladar de modo irreversibleEn fin, un cuadro clínico terrible que la disponía, tanto por sus muchos años como por su afección, a una muerte inminente. Los médicos la han desahuciado por completo y mi hermana está sufriendo muchísimo Me dijo, entrecortada su voz por las lágrimas La única esperanza que nos queda es la Virgen del Saliente. Queremos llevarla, aunque sea a rastras, al Santuario y que pueda recuperar la esperanza. Sabemos que Ella, nuestra Madre, no nos fallará.

Traté, con todo el cariño posible, de consolarla y señalarle las dificultades prácticas que podrían presentarse en tan delicada peregrinación. Llegué, incluso, a sugerirle que quizás sería más oportuno orar por la gracia de una buena muerte. Resultaron inútiles mis tímidas objecionesy, cuando mi interlocutora se serenó algo, dispusimos lo mejor posible aquella peregrinación tan ardua. En la fecha convenida, llegó la referida enferma con sus familiares. En las facciones del rostro llevaba escrita su sentencia de muerte, como rea de su grave enfermedad y vejez. De vez en cuando, una indisimulada crispación de sus dedos o un espasmo de su faz, evidenciaban el profundo dolor en el que agonizaba. Apenas podía levantar los párpados y, cuando los alzaba, su mirada vagaba de acá para allá. Fuellevada, casi en volandas, al camarín que custodia la sagrada imagen de la Pequeñica. Y, ante su efigie, la enferma incapaz de abandonar su poltrona; levantó los brazos y prorrumpió en emocionado llanto. Ella lloraba por fuera, mientras que los demás llorábamos por dentro. Rezó un buen rato y, no sin alguna resistencia, consintió en descender de la sagrada estancia.

Ya en las galerías del claustro, algo reanimada por el frescor de la sierra de las Estancias, me atreví a preguntarle ¿Qué le ha pedido a la Virgen del Saliente, acaso ponerse buena? cogiéndome de la mano, la pobre mujer se explicó Yo me estoy muriendo, ya no hay nada que hacer. Pero en el Saliente, sé que hay esperanza. He mirado a la Pequeñica y, después de eso, sé que hay cielo y que Dios no me abandonará. Ahora puedo morirme tranquila, porque la Virgen me ha cogido de su mano y me llevará con Dios.

Me recordó aquella mujer, sentada en la cátedra del sufrimiento, esas enseñanzas que nos ha regalado nuestro amado Santo Padre, el papa León XIV: «Cuando todo parece derrumbarse, Jesús muestra que la esperanza cristiana no es evasión, sino decisión. Esta actitud es fruto de una profunda oración en la que no se pide a Dios que nos libre del sufrimiento, sino que nos dé la fuerza para perseverar en el amor, conscientes de que la vida ofrecida libremente por amor nadie nos la puede quitar […] En esto consiste la verdadera esperanza: no en tratar de evitar el dolor, sino en creer que, incluso en el corazón de los sufrimientos más injustos, se esconde la semilla de una nueva vida».

Esa esperanza, desprovista de cualquier arquetipo cultural o religiosidad interesada, es la que buscan y encuentran millares de peregrinos en este monte Roel. Algunos la hallan en los rasgos definidos de la Madre de Dios y otros, con algunos tramos pendientes de su personalísima peregrinación, en la dulce inquietud que anida en sus corazones. Pero, tanto unos como otros, son movidos interiormente por esa esperanza que la acción de María Santísima asegura en su vientre abultado: Jesucristo. El Saliente es, por tanto, un lugar privilegiado de esperanza. La altura en la que se eleva, por encima de las ramblas que conducen las riadas de la duda, proporciona al peregrino el despejado horizonte que abre nuevas y definitivas perspectivas. Encontrarse con la Pequeñica, en este Año Jubilar de la Esperanza, es cerciorarse de que «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5).

Ese fue el objetivo que buscó el obispo don ClaudioSanz y Torres, de feliz memoria, a construir este precioso Santuario. Se cumple, precisamente este año, el 250 aniversario de la terminación de aquellas obras admirables. Y como prenda de gratitud, una escultura deeste Prelado, obra de don Andrés García Ibáñez, recuerda desde la explanada el fin primordial de esta magna construcción. En una de sus manos, la estatua porta el libro del Apocalipsis y parece proclamar: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido» (Ap 21, 3-4).

Eso es, mis queridos peregrinos, la conmoción más honda del que se aventura a peregrinar hasta el Santuario Diocesano del Saliente. Un camino que encuentra su verdadera meta, el hallazgo del auténtico consuelo, la presencia maternal que ampara y la experiencia viva de Dios. De ahí que todos los esfuerzos valgan la pena. Vosotros lo sabéis bien que, año tras año, detenéis vuestras agendas y recorréis lo que sea menester por manifestar vuestra piedad a la Pequeñica. Y os aseguro, embargado por la admiración, que también lo saben muy bien los que se afanan desde el Santuario en preparar con sumo cuidado estas sesiones de romería. Con sacrificios que ellos depositan, con servicio y una sonrisa en los labios, para mayor gloria de la Virgen del Saliente. La labor que hacen es inimaginable y, si bien no esperan otra recompensa que la del Reino de los Cielos, es de justicia bendecirlos y respetarlos. De igual modo, aumenta la colaboración de las autoridades civiles de modo eficaz y cordial.

Es deseable que, entre todos, trabajemos con ahínco por concluir la prolongada rehabilitación del templo y poder celebrar allí la próxima romería. Como lo hemos hecho siempre, dentro de la maravillosa iglesia que se terminó hace dos siglos y medio. La grandeza de nuestra Pequeñica exige un culto solemne, que facilite el encuentro del peregrino con su Divino Hijo y abra el pensamiento del visitante a la existencia de Dios. De aquí parte, con absoluto respeto, mi vieja súplica para que traduzcáis vuestras cuantiosas ofrendas florales en limosnas que permitan finalizar la rehabilitación y responder a las necesidades urgentes de esta Santa Casa. Os aseguro que esas ofrendas generosas no marchitarán y, en vuestras próximas visitas, las contemplaréis con gozo y sano orgullo por nuestra Virgen del Saliente.

Es Ella, la Madre de todos los desamparados, la que recoge todas nuestras peregrinaciones y anhelos. Como acaba de decir, hace unos días, nuestro obispo, don Antonio Gómez Cantero: «Después de todo estamos en tus manos que nos acogen con tanta ternura, vengamos de donde vengamos, seamos como seamos, pensemos lo que pensemos, en tus manos por siempre».

Afmo. en Cristo, Antonio J. M. Saldaña Martínez

Rector