«MARÍA NOS ATRAE POR LA ESPERANZA» CARTA DEL RECTOR DEL SANTUARIO DIOCESANO DEL SALIENTE AL INICIO DEL MES DE MAYO

Muy queridos peregrinos:

Hace unas cuantas semanas, en medio de una niebla de mediocridad, murió el gran periodista italiano Vittorio Messori. Este hombre, que había nacido en una familia alejada de la Iglesia, se topó con los Evangelios durante su primera juventud. Totalmente fascinado por Jesucristo, se convirtió al catolicismo y fue adentrándose en el contenido de la fe. Desde ese momento, rindió su brillante pluma al Señor y difundió con valentía las verdades católicas. Se hicieron célebres sus entrevistas a san Juan Pablo II y al, por entonces, cardenal Ratzinger. Innumerables son sus artículos y conferencias al servicio de la Iglesia. Frente a toda controversia, tenía una respuesta que rezumaba razón y piedad en asombrosa armonía. Dotado de una gran lucidez, así como de un estilo sobrio, ha legado una prosa directa y clara. Además, según se ha desvelado después, concordó su obra con su vida íntima. Tras un matrimonio fallido, vivió castamente con el amor de su vida por veinte años, hasta que pudo contraer matrimonio canónico. Un intelectual, a la postre, plenamente católico y por encima de cualquier ideología o vulgar postureo.

Me ha llamado siempre la atención, al leer su descubrimiento de la fe católica, su encuentro con Nuestra Señora y la ardorosa devoción que le profesamos. De esta manera, en sus propias palabras, lo describió: «En mi acercamiento al cristianismo, me fascinó primero la Palabra de Dios, Jesús, luego su presencia eucarística, la liturgia. La Virgen quedaba en un segundo plano. En mi enfoque racional se podría encontrar un carácter más protestante que católico […] Al principio vivía con malestar ciertas manifestaciones devocionales que acompañan al culto mariano y que descartaba como sentimentalismo. Luego terminé capitulando. Al fin y al cabo puedo atestiguar que nadie puede permanecer indiferente ante el encanto de María.»

El «encanto de María», ¡delicioso modo de describir la atracción que ejerce Nuestra Señora! No se trata de mera retórica o sentimentalismo. Desde estos claustros del Roel, que tanto saben de devoción popular, puedo declarar la vigorosidad del amor a María Santísima. Es de notar que, cuando a menudo se sufren tantas carencias numéricas – decreciendo las vocaciones sacerdotales, los matrimonios canónicos, las consagraciones religiosas o los asistentes dominicales – se multiplican los peregrinos a los santuarios de la Virgen. Incluso las obras del templo de nuestro santuario, no han impedido que afluyan las peregrinaciones y desborden todo lo desbordable. Y, a menudo, los peregrinos me comunican que – aunque no van regularmente a Misa en su parroquia – experimentan el reclamo de Nuestra Señora y la atracción por los lugares predilectos de Ella.

Este instinto espiritual del Pueblo de Dios, que de modo tan contundente proclama la maternidad de María, muestra una verdad tangible. La Virgen, como todas las madres buenas, concentra todas sus energías en el cuidado de su prole. En nuestro tiempo, cuando se desdibuja o confunde al mismo Jesucristo, su misión materna es más preciosa que nunca. Acercarse a Nuestra Señora, con todas las verdades con las que la Iglesia la enseña, es un modo maravilloso de encontrarse con el Señor. La profundización en quién es María, a lo largo de la historia y del discurrir teológico, refuerzan y protegen las verdades sobre Cristo. Hablar de María no merma a Jesucristo. Al contrario, es el camino más firme y seguro de proteger la fe en Él.

Confesarla, como hizo el concilio de Éfeso, como Madre de Dios; es la mejor medicina para la crónica enfermedad arriana. Jesús no es un hombre que habló bien o con cierta inspiración, sino verdadero Dios que nos redime. ¿Qué mejor que proclamar la maternidad divina de María, para subrayar y entender su divinidad? De igual modo, al adherirnos a los dos últimos dogmas marianos, comprendemos mejor el papel del mismo Cristo en nuestra salvación. La concepción inmaculada de María nos ayuda a no olvidar el pecado original y, por extensión, al pecado mismo; sin el cual la redención de Cristo no tendría valor. La asunción, en cuerpo y alma, de María al Cielo; nos evita la tentación espiritualista. La vida eterna, a la que nos invita Jesucristo, concierne a todo nuestro ser, cuerpo y alma; así como toda María está arriba en la eternidad.

¡Que bien lo habéis entendido vosotros, amados peregrinos, y la Iglesia entera a lo largo de los siglos! Por eso, es imposible mirar la historia de nuestra comunidad eclesial sin que relumbre el amor a la Virgen; pues los períodos más sobresalientes de fe han sido momentos de fervorosa devoción suya. Cada avance de la evangelización ha tenido, como signo distintivo, la confianza en María Santísima. Así lo atestigua la rica Edad Media, la reforma tridentina tras el cataclismo protestante, la reconstrucción eclesial tras las revoluciones decimonónicas… Y así lo demostráis vosotros, con cada peregrinación y gesto de piedad ante la sagrada imagen de la Pequeñica. La Madre de los Desamparados no ceja en su maternidad, recordando una y otra vez a su pueblo aspectos del Evangelio que están en riesgo de ser olvidados. Es, ahora y siempre, la Señora de las bodas de Caná que dice: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5).

Estoy seguro de que cada uno de vosotros, al encaminar vuestros pasos hasta este altar de la Virgen del Saliente, habéis disfrutado de una convicción similar. He recogido, en estos últimos años, confidencias bellísimas en este sentido. El escritor al que me refería en esta carta, Messori, también nos regaló la suya propia al final de su peregrinación terrena. Declaró: «María nos atrae por la esperanza que la invade. Ella misma se ha definido en ocasiones como nuestra “Abogada” en el cielo. Cuando uno está en necesidad, llama siempre a su madre. Incluso cuando ella ya no esté aquí. Lo hacen los niños, lo hacen los soldados en el campo de batalla, lo hacen los ancianos que se quedan solos en los refugios. Y la Virgen es la Madre que se nos ha dado por Jesús Crucificado, la Madre que nos da vida en la fe, nos mira, nos cría, nos acompaña, nos protege».

Afmo. en Cristo, Antonio J. M. Saldaña
Rector